Recordando a don Juan José Hellín Tárraga

 

 

D. Juan José Hellín Tárraga, maestro vinculado al colegio de Lezuza desde 1972 hasta 1991, escribió en marzo de 2000 esta carta publicada en el periódico escolar el "Cirio Cascarrin" y de la que extraemos el siguiente fragmento:

 

 

Llegué a Lezuza una mañana de septiembre del 72, había ido al pueblo algunos años antes desde Balazote, donde vivía; una vez con el grupo de teatro y con el equipo de fútbol otra, (ganamos el partido y perdimos la función, pero esas son otras historias).

 

A pesar de estas visitas no tenía un recuerdo muy preciso del lugar donde iba a pasar los próximos años de mi vida, de modo que al salir del puente y encarar la vega, me quedé tan sorprendido por el poema que tenía delante que tuve que salirme al camino, parar y llenarme los ojos y el pecho; como haría después tantas veces desde el mismo sitio y desde tantos otros de los alrededores. (¿Recuerda alguien las clases desde el cerro de la ermita, o entre los pinos? )

 

Total que entré en el pueblo como el que va a la feria y, encima, las personas que fui encontrando (Juan el Cartero, mi primer conocimiento y mi primer guía, don Vicente, a quien iba buscando; José María, que me hizo la toma de posesión en el Ayuntamiento), eran tan acogedores, amables y serviciales que llegué a la escuela "¡mi primera escuela en propiedad"!- tan encantado y balbuciente que a aquellas alturas ya deberían estar preguntándose los tres si el maestro nuevo no sería un poco corto.

 

Las escuelas estaban donde ahora está la Casa de la Cultura (espero que lo siga siendo todavía) y era aquello un caserón de dos plantas que en algún tiempo debió ser hermoso, pero que entonces estaba en estado de sólida ruina.

El matadero, su corral, leñera y fauna; un almacenillo de trastos inservibles y las clases compartían estrechamente el edificio. Todo ello en distintos niveles hilvanados por un enredo de pasillos y escaleras desvencijadas y desiguales que no permitían ningún tipo de distracción ni confianzas.

 

Me adjudicaron el curso de los mayores, y nos dieron la clase grande del piso alto. Era rectangular, de techos altos y con balcones a la calle del estanco. Alguna vez después de Augusto debió conocer la cal, ahora estaba decorada con un sugestivo abstracto de humedades erráticas, inquietantes grietas en todos los tonos del ocre y rotundos desconchones. Una gran pizarra tenía todavía aprovechable casi toda la superficie.

 

El mobiliario estaba formado por quince o dieciséis pupitres bipersonales, de aquéllos del agujerillo para el tintero, posiblemente de antes de la guerra, (había incluso el que parecía haber conocido la gloria y las consecuencias de alguna barricada) y que, a lo peor por republicanos, habían sido castigados sin pintura, cola ni barnices durante los últimos 40 años. Faltaban algunas banquetas, o renqueaban y estaban hábilmente apuntaladas con palos o sustituídas por sólidos posetes de carrasca rescatados de la leñera. La mesa, alguna percha y dos o tres láminas y mapas completaban el ajuar, haciendo juego.

 

Todo aquello, como tantas otras cosas entonces, debía ser un agobio de escombros y ruinas, pero se llenaba cada día con veintiocho o treinta sonrisas recién hechas capaces de hacer fértil cualquier lleco. Y estaba el sol, que saludaba en cascadas por los cristales, o por donde debería haberlos; y la caricia suave del aire que entraba y salía, con toda la confianza del huésped viejo, por rotos, rendijas y descuadres. Hinchado de olores de tierra y yerba mojadas, de cochura caliente y leche al fuego, de humo recién levantado ( ...)