Parroquia de Santa María de la Asunción.

Por Luis Guillermo García Saúco, José Sánchez Ferrer y Alfonso Santamaría Conde.

 

 

Lezuza fue una población de origen romano, en cuyo término han aparecido importantes restos arqueológicos de esta civilización. Es tradición secular el que en aquella antigua ciudad predicó San Pablo y sufrieron martirio dos santos de los primeros tiempos del cristianismo,  San Vicente y San Leto, circunstancia que, precisamente, se reproduce en unas pinturas murales barrocas situadas en el presbiterio de este templo parroquial.

 

Se sabe que el núcleo urbano de Lezuza estuvo situado en un pequeño cerro donde existió una iglesia bajo la advocación de Santa María Luciana; no obstante, a finales de la Eda Media la población se trasladaría a su actual emplazamiento, siempre dentro del alfoz de Alcaraz, de donde se segregó merced al villazgo concedido por el emperador Carlos V, en 1556, lo que nos indica que por estos años de mediados del siglo XVI, la población debió haber adquirido cierta pujanza, lo que justificará, también, la construcción a lo largo de esta centuria del templo parroquial con la envergadura que tiene. Hay que advertir, también, que esta iglesia perteneció históricamente al Arzobispado de Toledo y a aquel núcleo artístico habrá que vincularla.

 

La parroquial del Lezuza ofrece el tipo de templo que ya conocemos y estamos estudiando: el modelo de nave única; sin embargo, aquí hemos de reseñar algunos detalles que singularizan a este edificio.

 

Así, la iglesia presenta una larguísima nave con cinco tramos, más la cabecera ochavada de tal modo que se consigue un espacio interno de 48 metros de largo, por tan solo 8 de ancho y 13 de alto; un verdadero pasillo que hace que relacionemos este edificio con las conocidas iglesias de los conventos de Indias. Los cinco tramos se cubren con ricas bóvedas de crucería de variado diseño; así en el ochavo de la capilla mayor, formada por tres paños y en el primero de los tramos, desde la cabecera, las bóvedas se hacen fuertemente decorativas con diseños estrellados, combados y conopios; los dos tramos siguientes tienen bóvedas de terceletes con estrellas de ocho puntas inscritas; hacia los pies parecen simplificarse los diseños, de tal modo que la ultima bóveda ofrece unos terceletes con una circunferencia central, un modelo que parece inspirado en soluciones vandelvirescas. Los arcos que separan los tramos, excepto en los pies donde se sitúa el coro, se apoyan en una especie de cornisa corrida y no en pilares adosados como suele ser habitual. Lógicamente esta circunstancia se soluciona con unos poderosos contrafuertes para contrarrestar los empujes y tensiones propias de la arquitectura gótica. Precisamente entre estos contrafuertes se abren capillas-hornacinas con la profundidad de la anchura del contrafuerte: cerradas, en altura, por un grueso arco de medio punto que, en realidad, sería una bóveda de cañón en sentido perpendicular al eje de la nave del templo.

 

En época barroca, en los siglos XVII y XVIII, algunas de ellas, se ampliaron aunque manteniendo las formas de acceso originales. Precisamente algunas de ellas en el lado de la epístola, frente al acceso lateral, se constituye, casi como un templo aparte con planta de cruz latina y  cúpula en el crucero.

 

Si bien a los pies del templo hay una pequeña portada adintelada con una ventana superior, que da luz a la nave, todo quizá del siglo XVII; la puerta de acceso habitual se sitúa en el lado del evangelio y está constituida por una portada abocinada ojival con sus correspondientes arquivoltas y albanegas exteriores con caprichosas tracerías góticas. En el tímpano hay una ornacina avenerada también enmarcada por idénticos motivos góticos. Es curioso que esta portada no da directamente al exterior sino que se protege por un pórtico o atrio ya clasicista, formado por tres arcos de medio punto al frente, que se apoyan sobre pilares toscanos constituidos por un núcleo cuadrado con medias columnas adosadas. Si bien hoy este atrio se encuentra solo en el ámbito de esta portada, es probable, que en origen, debió continuar cerrando todo el conjunto hacia la fachada principal, tanto por la documentación conocida como por las huellas todavía visibles a ambos lados de la portada occidental. Es más, en el muro sur en una zona hoy de patios del templo, se aprecian restos de arcos e incluso del arranque de unas bóvedas que debieron ser de crucería. Con lo que la iglesia adquiriría una peculiar solución, con una especie de claustro no habitual en la arquitectura de la zona.

 

Para la iluminación interna del templo hay algunas ventanas que rememorarán formas ojivales, no obstante en el primer tramo y en el lado de la epístola, al sur, hay visible al exterior una bella ventana con arco de medio punto y grueso baquetón, cuya luz se cierra, al interior con una gran venera de fuerte sabor clásico.

 

La documentación que conocemos sobre la parroquial de Lezuza es posterior a la propia edificación, ya que tan solo disponemos de datos a partir del último cuarto del siglo XVI. Consideramos que la obra debió de iniciarse en los primeros años del XVI, en torno al año 1510; como suele ser habitual desde la cabecera a los pies, de tal modo que el ábside será la parte más antigua y la bóveda de los pies, de líneas cercanas a lo vandelviresco se situaría en torno a 1550 ó 1560. La portada lateral, aunque gótica enteramente, - Pérez Sánchez la fijaba hacia 1540-, tiene, pues, un acusado arcaísmo. Por la documentación que conocemos a partir de 1577, según los libros de la fábrica, cuando la obra ya estaba prácticamente concluida, parece que se trabajaba en un pórtico o claustro que, en parte rodearía todo el templo al que ya nos hemos referido. Así, sabemos que por estos años intervenían canteros vizcaínos, que a lo largo del siglo XVI son tan frecuentes en todos los puntos de España, nombres como Rodriga de Jarcias, Pedro y Sancho de Izaguirre, Juan García, Julián de Laza, Aparicio de Izpicua, Juan de Galarza y otros son algunos artífices relacionados con las obras finales del templo.